sábado, 17 de agosto de 2013

Toledo: la racionalidad nace de la tolerancia

Del 11 al 14 de junio de 2012
I Toledo es una ciudad única en su monumentalidad; pero inhóspita para el visitante.
La ciudad tiene vistas extraordinarias. Desde afuera, llegando por la autovía, se la ve en todo su esplendor; pero desde adentro las vistas resultan igualmente impactantes. Hemos trepado a los campanarios de la Iglesia de San Ildefonso y a las torres del Alcázar los puntos más elevados desde donde puede verse la ciudad en panorámica, pero desde adentro. San Ildefonso, está en el centro geográfico, el campanario es su punto más elevado... desde allí se ve Toledo en toda su monumentalidad, en cambio el Alcázar está sobre uno de los límites, sobre que fuera el recinto amurallado.
  

Frente a esa piedra blanca que puede verse en la entrada de la mezquita que se erige detrás de la Puerta del Sol, se detuvo el Cid. Su gesto impidió que el edificio fuera destruido.  Veo, en su actitud, la piedra basal de la tolerancia.

(Las imágenes son propiedad del autor)  
  
Toledo es una ciudad de contradicciones que se respiran andando las calles y visitando sus monumentos. Ellos dan cuenta de largos períodos de convivencia religiosa entre las religiones del los pueblos del Libro y de períodos de enfrentamientos sangrientos entre hermanos. Toledo es la ciudad de las tres religiones, pero Toledo es también la ciudad del Ejército del Reino, moldeado durante la dictadura franquista.
Recorrer las calles es descubrir en cada paso un fragmento de historia desde las ruinas romanas hasta la memoria de la Guerra Civil de España en el siglo XX. Hoy la ciudad está pensada para que los visitante puedan contemplar esos muros secos sobre los que, con un poco de imaginación y voluntad, ver en ellos restituida la humanidad que los habitó.
La ciudad ofrece sus monumentos al visitante con generosidad ambivalente. Si tuviera que definir el clima que se vive, sobre todo durante el día, con una sola palabra diría que es una ciudad inhóspita. Uno entra, por ejemplo, en la Iglesia de Santo Tomé y, a pocos pasos que da en su interior, se enfrenta con esa obra maestra del barroco español, El entierro del conde Orgaz. Sabemos que la obra fue pintada por Doménikos Theotokópulos, El Greco. Sabemos que es una pieza única y que, desde siempre, está en ese sitio, porque fue hecha para estar en ese sitio, el sepulcro del conde Orgaz. Sabemos que nos vamos a encontrar con ella; pero cuando allí estamos un escalofrío nos sobrecoge en nuestra pequeñez. Allí estamos pensando si es verdad que pueda existir tanta belleza. Sin embargo, cuando salimos, todavía conmovidos, en la calleja que cruza la esquina debemos buscar, sorpresivamente un refugio en alguna puerta, porque los autos pasan a velocidades insólitas por esa calzada estrechísima y toda la magia acumulada en el interior del templo se disuelve, en un instante, en la nada.
Algunas calles de la ciudad tienen restringido el tránsito de vehículos entre las once de la mañana y las ocho de la noche. Allí hay unos mojones automáticos que en esas horas impiden el paso. Pero como hay muchos autos con permiso especial, la peatonalización parece una burla. El tránsito se ve agravado, como ya dije, por la velocidad con que los autorizados transitan por las calles, algunas de ellas muy estrechas. Otra área en donde la ciudad es inhóspita es en el de la gastronomía. Hay una profusión de de restaurantes de medio pelo y baja calidad con precios exorbitantes. Los que se ubican en la Plaza Zocodover representan un claro ejemplo.
Hay que caminar y buscar para encontrar los buenos restaurantes y los precios accesibles, ¿es que veníamos mal acostumbrados del País Vasco... y Ávila volvería a mal acostumbrarnos?
Con todo, pasamos cuatro días maravillosos recorriendo el pasado de Toledo.
II Es verdad que para disfrutar de la ciudad hubiese deseado tener un mayor conocimiento de su historia política y cultural, de las corrientes arquitectónicas que permitieron que sus monumentos se erigieran tal y como lo hicieron. Pero, en fin, me dejé llevar por la intuición, por la imaginación y por la información que nos suministraban en cada sitio; pero también por los sentidos y sentimientos que experimentaba en cada rincón al que accedíamos. Esto me permitió pensar tres recorridos, a saber: el de la judería, el de la ciudad musulmana-mudéjar y el de la Toledo de los Reyes Católicos.
El camino de la judería está signado por dos grandes monumentos: la sinagoga de Santa María la Blanca y la Sinagoga del Tránsito, donde tiene  su sede el Museo Sefardí. En ambos sitios, aunque de manera muy distinta, se puede disfrutar del aire creador que sólo es posible en la convivencia y el intercambio.
La sinagoga de Santa María la Banca está a cargo de la congregación católica Fraternidad María Estrella de la Mañana creada por el hermano Abraham de la Cruz, reconocida como asociación pública de fieles por el Vaticano en 1999. La vocación de la congregación es ofrecer la vida de sus miembros en reparación por todas las rupturas y divisiones, en especial entre la Iglesia Católica de Roma y el pueblo de Israel.
Sin saber nada de ello, entramos en el templo. Me conmovió. Me ocurre invariablemente cuando estoy en algún sitio consagrado, generalmente un templo, donde la paz, la armonía y la trascendencia se hacen notar en el aire que se respira. Digo consagrado y no sagrado porque lo que me conmueve es la vocación humana por conectarse con la divinidad. No siempre me ocurre, tiene que ser un lugar en donde esta vocación se respire con facilidad. No me pasó, por ejemplo, en la catedral de Toledo, donde claramente puede percibirse como se forzó la planta de una gran mezquita para construir una catedral gótica. Pero, aquí, en Santa María la Blanca, sí se respira la vocación de conexión con Dios a partir del ejercicio de la convivencia. No se trata de la convivencia de siglos que la ciudad alguna vez vivió, sino la vocación de un grupo de hombres y mujeres católicos de hoy que procuran una reconciliación.
Yo me preguntaba qué es lo que me provocó esos sentimientos en el templo, si la vocación de la Fraternidad es muy reciente... Haydée me señaló con su inquietud por lo que veía en donde estaba ese poder energético. En el perímetro interior de la sinagoga se exhibía una colección de cuadros y poemas producidos por el propio hermano Abraham de la Cruz... verdaderamente conmovedor el esfuerzo de este hombre por cumplir con el carisma de la congregación.
¿Es casual que esto ocurra en esa sinagoga de Toledo? Creo que no. Toledo ha vivido, hace muchos siglos un período larguísimo de tolerancia y convivencia entre las tres religiones monoteístas originarias del Medio Oriente. La ciudad fue ocupada por los cristianos en tiempos de Alfonso VI, en 1085. En ella se toleró que moros y judíos vivieran según sus creencias hasta por lo menos 1390, en que aparecen las primeras prédicas, en España, en contra de los judíos, en Sevilla.
Esa convivencia está testimoniada, más que en Santa María la Blanca en infinidad de objetos y testimonios que se exhiben en el Museo Sefardí que tiene su sede en la Sinagoga del Tránsito. Un museo, claro está, no es un espacio conmovedor. Allí ocurre lo contrario, la racionalidad cientificista manda. Es un buen contraste. Aquí no hay lugar para acciones místicas como en Santa María la Blanca, hay lugar para la comprobación de que efectivamente esa convivencia realmente existió en Toledo y que, además, fue extraordinariamente productiva para España, e incluso para Europa. Bajo la protección real, se desarrolló lo que los historiadores denominaron Escuela de Traductores de Toledo (recuerdo la apasionada defensa de este proceso que hacía la profesora Nora Ramos, discípula de don Claudio Sánchez Albornoz, en sus clases de Historia de España en mis estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires). Efectivamente, durante los siglos XII y XIII, el Occidente Cristiano recuperó una serie de libros clásicos que estaban perdidos y que sólo se conservaban en versiones escritas en árabe y en hebreo.                  
III El ámbito musulmán se encuentra menos conservado que el judío. Está claro que, desde el punto de vista arquitectónico, la presencia es fuerte porque los desarrollos de la población mudéjar han recogido buena parte de la tradición musulmana española al respecto y su presencia se ve en toda la ciudad. Pero, desde el punto de vista de la tradición cultural y estilo de vida, la presencia musulmana en la ciudad, y su recuerdo están menguados.
Hemos visitado tres edificios que fueron originalmente mezquitas. En la catedral de Toledo nada se ha conservado de la gran mezquita sobre la que se ha construido. Sólo leyendo los planos, se advierte que la nave central está construida a partir del diseño espacial de una mezquita. La Iglesia del Salvador que está construida sobre una mezquita que siguió funcionando como tal por muchos años posteriores a 1085. Como fue transformada en un templo católico, resulta muy difícil intuir el espacio original de la mezquita por las intervenciones que supuso su adaptación funcional a un culto diferente. Sin embargo, en el subsuelo y en los aledaños de la iglesia se han realizado excavaciones arqueológicas que han puesto a la luz espacios que fueron dependencias del templo musulmán, pero que se habían perdido por la falta de uso.
Cerca de la Puerta del Sol, se encuentra la Puerta del Cristo de la Luz. A poco de atravesarla, nos enfrentamos con la Mezquita Cristo de la Luz. Es el único edificio destinado al culto musulmán, y construido antes de 1085, que se ha conservado intacto. Allí sí, se puede respirar algo de lo que debió ser la ciudad antes de la ocupación de Alfonso VI. Algo, digo, sólo algo de ese clima. Pero en la calle, la realidad cuenta otra historia también de reparaciones. No se trata de una vocación religiosa o de una voluntad política, sino de un restaurante.
Frente a la mezquita hay una explanada que conduce a la parte superior de la Puerta del Cristo de la Luz. En sus dependencias, es más sobre la misma puerta hay un restaurante que se llama Posada Cristo de la Luz. Los propietarios son un matrimonio compuesto por un marroquí y una siria. El hombre es anticuario y cocinero. En el salón se exponen gran cantidad de objetos de arte y artesanías de origen árabe, y también de origen europeo contemporánea ofrecidas en venta. La comida, se parece a la que he podido disfrutar en casa de amigos sirios o libaneses o en los mejores restaurantes árabes de Buenos Aires. Todo un hallazgo... todo un camino que se ofrece abierto, aunque escasamente transitado por cierto, de reconciliación.  
IV La Toledo cristiana está representada por una gran cantidad de edificios. Pero quiero rescatar sólo dos de ellos: San Ildefonso, la iglesia de los jesuitas, y el Monasterio franciscano de San Juan de los Reyes mandado a erigir por los Reyes Católicos a mediados del siglo XV.
Ya he hablado de las alturas de San Ildefonso y de las vistas que desde allí se tienen de la ciudad, de modo que no voy a insistir en este monumento.
Mucha enseñanza deja el Monasterio San Juan de los Reyes. Allí, en claustro se registran los principales emblemas de los Reyes Católicos: las representaciones del yugo y el haz de flecha que serían retomados por la Falange Española a principios del siglo XX y la célebre inscripción en el claustro que afirma “tanto monta, monta tanto”.
Es verdad que el templo debiera representar la tercera pata de la convivencia. Está construido en pleno barrio de la judería y fue concebido quince años antes que esos mismos monarcas decretaran la expulsión de los judíos de España. Pero esa no es la única cuestión que me conmovió del lugar. No sólo representa la clausura de la convivencia entre las religiones de los pueblos del Libro en Toledo, es también la evidencia de la sangrienta conflagración entre hermanos que tuvo a la ciudad como epicentro de hechos trágicos.
El templo fue mandado a construir en 1476 después de la batalla de Toro que culmina la guerra intestina que dirimió la sucesión de Enrique IV en  favor de la vencedora, su hija Isabel, secundada por su marido, Fernando, reu de Aragón y heredero del trono del Reino de Navarra. Fue concebido por los reyes como mausoleo para sus cuerpos mucho antes de la toma de Granada, donde finalmente descansan. De modo que el Monasterio cuya administración los reyes adjudicaron a la Orden de San Francisco de Asís, nada tuvo que ver con la guerra de Reconquista del territorio aún ocupado por los musulmanes, sino con el desenlace de una guerra civil.
La guerra civil está presente allí en el aire que se respira. En una de las capillas, puede verse la lista de frailes franciscanos fusilados por el gobierno de la Segunda República por haber adherido al levantamiento del General Franco en 1936.          
V Nos vamos de Toledo con la enorme riqueza de haber recorrido sus calles, de haber contemplado sus monumentos, de haber tratado de entender las virtudes de la convivencia y las angustias de las desavenencias entre hermanos, de haber admirado la obra de ese gran pintor que dio la cristiandad Doménikos Theotokópulos, El Greco, que la eligió como lugar de residencia y de desarrollo de su arte.
Hemos visitado el museo de la Casa de El Greco. Ignoro cuál fue la idea del Marqués de la Vega Valle-Inclán a crear esta casa de El Greco (el pintor nunca vivió en ese sitio), pero el resultado es una intervención con una gran fuerza didáctica. Con todo, lo más interesante del museo es la obra del gran pintor toledano por adopción. Nos vamos de Toledo y me llevo la impresionante imagen del haberme quedado unos minutos, casi paralizado, frente al Entierro del conde Orgaz...  


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